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La isla de Dagerman

junio 22, 2016

La Razón

Stig Dagerman (1923- 1954) es un escritor sueco poco traducido al castellano: en la fiebre creativa de la juventud (entre los 21 y 26 años), escribió cuatro novelas, cuatro piezas de teatro, una colección de noveletas, poemas. ensayos, cuentos, artículos, crónicas y reportajes de corte político en la corriente anarcosindicalista. En 1952. dos años antes de suicidarse. publicó un texto desgarrador y hermoso que muchos consideran su testamento: Nuestra necesidad de consuelo es insaciable. Kafka. Alain-Fournier, Rimbaud. Lautréamont y Camus desandan por sus escritos. La isla de los condenados (Sexto Piso, 2016), de Stig Dagerman, circula en librerías de México por primera vez en versión castellana de Carmen Montes Cano. La critica especializada considera esta fábula como la mejor novela de Dagerman y, asimismo, una obra maestra de la literatura escandinava del siglo XX. Siete náufragos atribulados ante la segura muerte en un islote desolado: metáfora de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. Dagerman traza iconografías habitadas por oscuras. recelosas y desveladas reflexiones de siete criaturas enfrentada ala soledad. (“Cada vez más estrellas brotaban en la noche incipiente, dudosas de si quedarse o si desaparecer”). Atmósfera marcada por una desesperada mirada que hace referencia a las turbaciones y zozobras de la Europa de la posguerra: “La calda a través de la noche no era menos espantosa, pero se producía más lentamente, los enjambres de chipas que, en forma de estrellas, revoloteaban por la isla se elevaban despacio y podían observarse muy al fondo en una capa gris lechosa en la que se filtraban chorrillos diminutos como procedentes de una ubre gigantesca y escondida”. Dagerman explora la proclive mudanza de los seres humanos a las inclinaciones animales descarnadas y crueles. ¿Leyó William Golding a Dagerman para la escritura de El señor de las moscas (1954)? Los niños del novelista británico franquean la inocencia y se enclavan en el salvajismo: los náufragos de Dagerman disipan todas las posibilidades de ensueño: no hay asomo de ilusión en sus gestos, han perdido la noción de pretender. Una roca es su ‘Dios’. La isla de los condenados despliegue escéptico, tempestuoso y autodestructivo de la orfandad que acosa al hombre desde siempre. Camus merodea estos folios.

Carlos Olivares Baró

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